Nuestros ya lejanos años maravillosos.
Como cuando íbamos en la prepa y creíamos que salir de ella significaría salir a conquistar el mundo, a servirnos la vida en rebanadas grandes, y que todo sería una gran fiesta eterna en la que nosotros mismos seríamos los protagonistas de nuestra propia felicidad, y no nos importaba reprobar los exámenes de matemáticas porque en el examen extraordinario nuestro mejor amigo estaría aplicando también a nuestro lado, y nos saltábamos las clases por quedarnos platicando en el patio de atrás y de nuestras pláticas aprendíamos más porque las clases de biología o de informática no te decían de qué iba la vida, y nos quejábamos de la comida cara y fría que nos daban en la cafetería, pero sabíamos que irremediablemente algún día la íbamos a extrañar, y veíamos los cambios de cada clase como una oportunidad para gritar, cantar, bailar, y aprovechábamos todas las veces en las que la directora estaba ausente para ir a fumar en las canchas de atrás mientras nos reíamos de lo jóvenes que éramos, planeando escaparnos al cerro a tomar tequila barato después de presentar exámenes cada fin de semestre, y teníamos una banda de “rock” y no nos sabíamos más que una canción, pero no nos importaba porque cualquier tarde entre semana era hermosa para ponernos a ensayar y pensábamos en llegar menos que lejos, pero nos gustaba creer que éramos músicos aunque fuese sólo en ese momento; sólo en ese cuarto cerrado que se reía muchas veces de lo malos que éramos pretendiendo hacer música, y creíamos en el amor y anhelábamos algo más allá de ser sólo profesionistas algún día: hacer lo que realmente amamos hacer en la vida y si eso nos dejaría dinero, sería un consuelo, y soñábamos con vivir al límite.
Luego, despertamos.
a.a
Vete a la chingada conmigo.
Bésame todos los lugares en donde me duele la vida. Hasta que sientas que se te va la tuya, y entonces te pida que te cases conmigo y con mis demonios, con los que sabré despertarte de una manera distinta cada mañana. Quédate conmigo, que lo que más quiero es quedarme yo contigo y casarme con tu vida, con tus problemas, con tus fracasos, con tus logros y con tu familia. Hacer de nuestros fines de semana un sutil cliché, de esos que no duelen tanto porque a veces son tan necesarios. Quédate conmigo y con todo lo que sabes mío: con mi impaciente impuntualidad, con mis suspiros al despertar, con mis lágrimas que sólo a ti te saben llorar, con mi tranquila ansiedad de no saberte descifrar y con las tonterías que me invento para hacerte reír. Bésame hasta que sientas que jamás me voy a ir: si tú te quedas, yo jamás me voy a ir. Chúpame la inocencia hasta hacerme gemir. Lámeme las culpas y el miedo hasta que sientas que me duele rico. Jálame el cabello, azótame en el cielo y así, que te lleve la chingada, pero conmigo.
a.a
Del amor no sé nada.
¿Del amor? No sé, nada.
De él, amor, no sé nada.
Del amor no se nada. Se ahoga.
La importancia de fracasar en marzo.
Poner la alarma temprano todos los días, para no olvidar ser mediocre desde antes de que el gallo cante. Es importante sentirse humano desde temprano, después de haber llorado toda la noche, habiendo secado el rostro con las sábanas o la almohada. Llorar hasta recordar cuánto te duele ser un fracaso, sentir haberlo perdido todo. Amar y fracasar. Es importante hacer de cuenta que nada tiene solución. Gritar con tanta tranquilidad en la habitación, mientras rasgas los recuerdos que ya no vas a volver a vivir. Tocarte la cara, sentir el sudor helado en las paredes de tu cuerpo, masturbarte hasta sentir que ya no sientes nada. Llorar. Qué importante es llorarle a las cosas cuando ya no pueden ser como antes. Como si eso les diera solución, ¡carajo! Como si ser mediocre fuera cosa de disfrutarlo. Es importante saber a qué sabe el fracaso. Es importante tener sueños para luego no cumplirlos y encerrarlos en un frasco. Es importante comerse el polvo y llorarle al viento. Es importante sufrir hasta sentir que ya no se puede ser más débil, dejar que el dolor nos penetre, para después hacernos más fuertes.
a.a
Nuestros miedos.
Tenemos las ganas de olvidar bien puestas: ajustadas a nuestra medida. Nos combinan con todo, también con el esfuerzo que nos sabe a lodo, que nos traga a diario sin pretender no lastimarnos, y nos pide una limosna a diario y le damos todo el amor que nos sobró del día anterior, caminando sobre el asfalto de las calles de esta ciudad que también nos traga lentamente, poco a poco, y nos vomita en forma de lluvia ácida cada vez que no fracasamos lo suficiente como para arruinarnos el cabello, que de igual forma siempre está despeinado y con ganas de tener su propia revolución a diario, sin conformismos. Como nuestra infancia que yace lejos de estos retratos que hemos colgado en las paredes de la casa que sólo sirve para recibirnos de noche y expulsarnos de día como con ganas de que siempre, sin importar cómo, regresemos a ella. Tan parecido al amor de la vida de quien jamás lo seremos. Tan parecido a las distintas formas que hemos inventado para jamás lucir derrotados, aún cuando bastantes veces la chingada nos haya cargado, pateado, escupido, robado o incluso consolado. Tenemos las ganas bien desgastadas de quedarnos para siempre en el sillón de la memoria de todos los que nos hicieron pensar que nos creeríamos eso de que jamás nos convertiremos en alguien. Porque todas las mañanas, sin importar qué, tocamos el suelo frío (casi húmedo) debajo de la cama, nos sacudimos el temor de convertirnos en seres grises y opacos, nos metemos a la regadera y lloramos para no hacerlo estando afuera, nos ponemos todas las ganas de ganarle hoy a cualquiera allá afuera y nos tragamos el orgullo como almuerzo diario. Aunque en la noche la boca nos sepa a derrota. Se nos acaban los días soleados, también se le van acabando los espacios a las hojas de este calendario para recordarnos de qué manera hemos ido tropezando en el camino, cada vez que nos enamoramos o nos despiden del trabajo, a manera de que cada fracaso nos sepa a gloria, porque es como aquello en lo que creemos ferviente e irrefutablemente sin entenderlo: que el amor siempre triunfará aunque apeste.
a.a
Tengo una pared llena de fracasos enmarcados, que cuelgan cínicamente de un clavo oxidado cada uno, en donde recargo todas las palabras que ya no me vas a decir, en donde he pegado con cinta adhesiva todas las caricias que ya no me vas a dar porque ya te vas a ir, porque ya no vas a estar. Me duele la vida hasta los huesos porque ya no vas a estar. Y todos los lugares en donde antes estuvimos se rompen poco a poco y se hacen pedazos, pedacitos, que corren detrás de ti y te muerden los pies y te besan el camino que trazas con los pasos que ya no darás conmigo. Y te escurres por las calles de la ciudad que conquistamos estando juntos, y no te importa más tropezar porque ya no es conmigo. Y todo es un sonido impronunciable que me aturde los sentidos, y todo es un sonido escalofriante, porque ya no son tus gemidos. Y todo se hace nada en un rincón roto de mi vida en donde no llega el cielo. Y todo se hace nada porque te fuiste y te llevaste contigo el cielo y lo encerraste entre los infinitos palpables que son tus labios diciéndome en sueños que ya no vas a regresar jamás. Entonces que me lleve el carajo y me quemen las luces de esta ciudad todas las noches, cuando le lloro a tu nombre y a tus recuerdos que me duelen por debajo de los párpados. Estos párpados que ya no se levantan por las mañanas, porque ya no hay razón para despertar y ver un nuevo día. Porque ya no hay días nuevos. Este es el día viejo. El día que diario acontece es el mismo día en que te fuiste. Se detuvo el reloj, se adelantaron mis miedos. Y me comen, mientras te escribo basura que jamás vas a leer. Y me comen, mientras pronuncio tu nombre. Y me comen, mientras me trago las lágrimas. Y me comen, mientras recuerdo todas las cosas que ya no voy a vivir contigo.
a.a
Te amo, y si algún día tienes que dejarme e irte a perseguir tus sueños, quiero que sepas que yo me quedaré aquí. Porque te amo, y porque me apasionan los finales infelices, y si yo también me fuese, ¿quién se quedaría entonces a apasionarse por el nuestro?
El cielo gris, cercano, que difunde mi ventana, es —también él— un mediocre, un cielo sin Dios y sin sol, una excelsa chatura que nunca me impresiona. El otro cielo, brillante, luminoso, el de las ansias de vivir y las películas en tecnicolor, es una falsa alarma. Mi cielo es éste y debo aprovecharlo. Escribiré toda la tarde, en esta rara soledad, porque me encuentro a gusto, porque siempre me agrada ajustar mis cuentas personales, tomar conciencia de las comprobaciones más desoladoras, enteramente mejor de cómo soy.
—Fragmento de Quién de nosotros, Mario Benedetti.
El amor lo cura todo. El amor, locura, todo.
Temporada de mandarinas.
Despertar de madrugada y sentir esa insistente necesidad de escribir. Desnudarte el alma frente a una hoja de papel. Sosteniendo tu humanidad con la punta del lápiz que arrastra suave y delicadamente las palabras que saltan de tu cabeza para imprimirse sobre la hoja que es el cielo estrellado porque es de noche y otra vez decidiste escribir en lugar de dormir. Porque es lo más parecido a soñar con los ojos abiertos. Mientras tanto, el invierno sucede tras la puerta, tras las paredes y tras las ventanas de esta casa; en la piel seca del pasto que ya no es verde; sobre la corteza de los árboles que se han quedado sin hojas; encima de esta parte del continente que se ha cobijado con una sábana de frío. Y escribes, escribes, y escribes y te sientes vivo. Como si hubieses venido al mundo a escribirle a la vida, a la nostalgia, a la dicha, al amor que nunca muere, que siempre duele, al dolor, a la muerte que siempre está presente. Como si hubieses nacido para besar todas las letras, todas las comas, todos los puntos: los seguidos, los aparte, y los finales. Y embarras todo lo que sabes muy tuyo sobre estos versos que también hablan de lo mucho que te ha faltado tener, rasgar, besar, amar, sembrar, morder, amanecer, desear, agazapar, acometer, soñar, matar, odiar, tocar, tragar, proteger y vivir. Punto y seguido. Lo que te ha faltado vivir detrás de las palabras que mejor describen la buena vida que jamás te dará otra cosa que no sea tu propia basura, tu literatura. Que te toca el cuerpo y te calienta el alma. Como agua lista para café, con ese mismo sabor a que has fracasado y poco te ha importado, porque por lo menos no eres lo suficientemente poca cosa para lamentar todo lo que no has logrado. Qué importa. Unos tienen ciertas cosas que a otros les faltan. Le llaman felicidad, dinero, tiempo, miseria, amor, dolor. Qué más da. A ti te llena escribir la vida que sientes que tienes cada vez que has encontrado una fuente de inspiración para vestir de tinta cuartillas enteras con miles de letras. Letras que conviertes en la sopa de cada día. Alimento para el alma. Para ese espacio vacío entre la carne y los huesos dentro de todo el cuerpo que lentamente sientes que se va llenando. Y así todo el tiempo. Punto y aparte.
A.A
Humo.
No queda nada. Ni las cenizas del año que me fumé en un suspiro. No agaches la mirada lamentando todo lo que prometiste hacer y no cumpliste. Pura mierda. Propósitos que ya sabías que no cumplirías. ¿Para qué esperar a que pasen 365 días para proponerte ser una basura diferente? Hay bazofia que nunca cambia. Pura mierda. Mercadotecnia. Los gimnasios llenos los primeros tres meses del año. La gente luce tan patética sosteniendo esa sonrisa sarcástica deseándote cosas “de corazón”. No digas nada. Guárdate los buenos deseos para ti. Y los buenos momentos para vivir. No pasa nada. En un año todo se repetirá. Y el que sigue también. Eso una y otra vez. Mientras la vida se ríe a carcajadas de ver lo mismo repetirse incontables veces en forma de idiotas tratando de decir menos groserías, pesar menos, fumar nada, viajar más, encontrar “el amor verdadero” y tener mucho dinero. Pura pinche mierda.
A.A
Estamos resecos. De la piel que escondemos con la ropa y ya no siente. De los labios que ya no besan la palabra esperanza. De los ojos que hace tiempo han dejado de llover. Resecos estamos. Como troncos sin vida. En este bosque infinito, que es el olvido. Estamos necesitados de un soplo, un aliento. En esta oscuridad que llevamos dentro. Como un desierto. Estamos necesitados de agua. Necesitamos purificar y refrescarnos el alma. Estamos resecos. Del amor que hemos dejado marchitar. Del dolor que hemos dejado florecer. Nuestro jardín que es la memoria, tiene el pasto seco y amarillento. Necesitamos volver a creer. Salir con el alma desnuda de tanto quitarse las culpas a ver el cielo iluminarse de amanecer. Tocar el viento frío con la piel a la hora de cada atardecer. Y aunque sea inverno, llevar la primavera a flor de piel. Vamos a despojarnos del pasado que nos muerde la nuca cada vez que recordamos que nada en la vida nos ha salido bien. Vamos a quitarnos el miedo que es nuestro propio infierno quemándonos por dentro. Bien lento. Vamos a darle profundidad a la verdad absoluta de un amor eterno. A creernos que las tazas de café se volverán a llenar de ilusiones. No más tormento. Resecos estamos. De este árbol que es la palabra fe. Que hemos olvidado regar. Porque hemos preferido pisar sus hojas que caen secas gritándonos volver a creer. Sin darnos cuenta que esta hiedra que es el odio y la mediocridad se burla de nosotros mientras la hemos dejado crecer. Necesitamos dejar de pensar que sólo en invierno es temporada conveniente para reflexionar. Necesitamos dejar de sólo intentar cambiar. Necesitamos creer en nosotros mismos de tiempo completo. Todo el año. Lo que nos resta de vida. Hasta el día de nuestro último amanecer. Necesitamos volver a creer.
A.A
y mi voz que madura
y mi voz quemadura
y mi bosque madura
y mi voz quema dura
—Fragmento de Nocturno en que nada se oye, Xavier Villaurrutia.